Pop en calzones
Publicado originalmente el 19 de enero de 2012 en el Suplemento NO de Página/12.
El refugio emocional por excelencia suele ser la cabeza de uno mismo, pero el refugio físico más recurrido es, sin dudas, la habitación propia. Es probable que la mejor manera de definir el reflejo concreto de nuestras ideas y nuestra personalidad sea con un pantallazo de cómo lucen nuestros dormitorios: esas cuatro paredes entre las que se encuentran la cama, el escritorio, la ropa y los libros son la compañía perfecta cuando el ser humano, especialmente el joven, quiere estar consigo mismo. La irrupción durante los últimos tiempos de la computadora como un electrodoméstico de uso constante y la facilidad de programar música desde ella originaron un nuevo tramo para los artistas que no llegan a los estudios convencionales: levantarse, agarrar la guitarra, tocar un par de notas, grabarlas y darlas a conocer al mundo gracias a la santa Internet. El proceso se puede tornar un poco más complejo (y fructífero) cuando se logra “inventar” una base rítmica totalmente ficcional, invitar a algún cantante de Tailandia a que grabe voces y las mande por mail y terminar agregando ruidos atmosféricos. La gacetilla, el lanzamiento, el arte de tapa y hasta los recitales pueden luego generarse desde la misma habitación en la que los músicos duermen, lloran y hasta debutaron sexualmente en noches pasadas, lejos del estudio que cobra por hora y el operador que los mira mal cuando se equivocan.
Alan Palomo, un pibe de Texas, tenía 20 años cuando cortó con su novia de la adolescencia. Fumar porro y caminar por las calles de Austin, la ciudad texana donde se crió, no era lo único que le gustaba hacer; también tocaba en bandas como Ghosthustler o VEGA, proyectos locales sin mucho vuelo mediático. La ruptura con la chica que lo acompañó en sus años de pubertad lo obligó a encerrarse en su pieza: ¿qué mejor lugar que ése para que nadie fuera testigo de su melancolía? Pero la tristeza de Palomo se transformó en arte y, a raíz de un sueño bastante extraño, compuso y grabó I Should have Taken Acid with you, una canción estrictamente dedicada a su ex. Al terminar, se dio cuenta de que tenía algo bueno entre manos, realizó más temas, subió un par a Internet, armó revuelo y se transformó en Neon Indian, artista que hoy, tres años después, lidera line-ups de festivales como Coachella o comparte escenario con The Flaming Lips.
Psychic Chasms, su álbum debut, apareció en 2009 y fue compuesto, grabado y lanzado desde su habitación adolescente. La clave de su música se basa en sampleos de canciones de los ‘70, acompañados de sintetizadores y sonidos alocados, desde videojuegos de antaño hasta gritos desfigurados y explosiones. El género es bien difícil de encasillar y aunque muchos se refieren a él como chillwave –un género que en verdad lo antecedió como tendencia y que estaba marcado por la sobrecarga instrumental–, la mejor definición es la de bedroom pop, música relajada y pegadiza, hecha desde la intimidad de un dormitorio. El año pasado lanzó Era extraña, su segundo disco, que fue concebido en un departamento de Finlandia que alquiló para alejarse de todo. El resultado es una obra experimental y bailable que hace un uso constante de ruidos saturados y la lejana voz de Palomo sonando como un eco fantasmal. La diferencia con su debut fue que, en esta ocasión, el álbum entró a un estudio para ser mezclado por el genial Dave Fridmann (que trabajó con MGMT y Weezer, entre tantos otros). El resto fue igual: un pibe en su pieza con nada más que su computadora, los instrumentos, la cama y algunas ideas para grabar canciones.
La actitud de artista ermitaño de Neon Indian no es un caso alejado. Existen otros músicos de su generación y género que están sacando discos estrictamente gestados desde sus dormitorios y la respuesta del público los está colocando en una posición notable. Hace tres años caminaban por las calles de sus ciudades y volvían a casa para jugar un rato con el sintetizador; hoy se la pasan girando por el mundo y lanzando discos que, respetando el patrón de la grabación casera, son bien recibidos por prensa y oyentes. Toro y Moi, Washed Out, Sunglitters, MillionYoung y Blackbird Blackbird son algunos nombres de relevancia en este movimiento que comenzó en 2009 y, en tan sólo tres años, logró darles voz, música y ruido a muchos artistas alrededor del mundo. La pose rocker, los estresantes días de encierro en el estudio y la histeria de los diferentes procesos de grabación pueden con esta tendencia ir quedando atrás. Ahora lo único que importa es tener la heladera llena y la PC a mano, para arrancar a tocar.
SOBRENADAR
La sirenita
La historia de la chica del interior que termina el secundario y se muda a la Capital para estudiar puede sonar un tanto cliché. Pero en el caso de Paula García, ese cambio de hábitat desembocó en un proyecto tan peculiar como interesante: Sobrenadar, su banda (unipersonal) de dream pop. En 2006, cambió Resistencia, Chaco, por Palermo, Buenos Aires, y se instaló en un modesto departamento que le quedaba cerca de la facultad donde iba a estudiar producción musical. “Conocí a un compañero que me instaló un par de programas para grabar. Fue un viaje de ida: me quedé días encerrada con mi música”, narra Paula, capaz de manipular sintetizadores, guitarra acústica y voz. “Le puse Sobrenadar porque me gusta todo lo relacionado a los peces, el agua y el océano. Me pareció que cerraba bien”, explica.
Su carrera universitaria concluyó y, con ella, su estadía en Buenos Aires. Pero de regreso al Chaco, ya sabía cómo superponer instrumentos, grabarlos, distorsionarlos, filtrarlos y darle forma a una canción. Así se gestó su disco debut, hace 3 años. “Lo grabé en mi habitación chaqueña. Soy muy tímida, no podría hacerlo en un estudio porque sentiría que está todo el mundo mirando lo que hago. En casa soy yo sola, me sale mejor.” La música que lanzó fue excusa suficiente para un par de presentaciones en vivo en Chaco y, ante la buena recepción, decidió volver a Buenos Aires, donde quiere desarrollar su carrera: “Quiero seguir tocando y grabando acá, desde mi departamento. Es lejos y diferente, pero es lo que me gusta”.
El factor común de sus canciones es un sonido mojado o subacuático que se mezcla con las reflexiones surrealistas de una chica que tiene interés por los extraterrestres y las partes inexploradas del océano. Una fantasía pop que en cada melodía desconcierta por lo cálido e inusual. “La idea es que cada persona que me escuche interprete diferente. Cuando me preguntan qué digo en cada canción, respondo: cualquier cosa que ellos quieran.”
LOS ANIMALES SUPERFORROS
Macetero mata galán
En la escena emergente local existen pocos grupos dispuestos a jugar con sonidos propios del folklore argentino. Los Animales Superforros, además, agregan un factor psicodélico, partícula clave para lograr su pop casero del Altiplano. “Evitamos imitar a bandas norteamericanas o europeas: ellos harán folk inglés, pero nosotros hacemos música cordilleresca”, dice Juan Tortarolo, y luego explica que las ciudades de los músicos del cuarteto (él es porteño; Ezequiel Silvapobas y Franco Peralta, de Comodoro Rivadavia; y Jorge Jaramillo, de Medellín, Colombia) tienen cierta relación con la mezcla de géneros de su música. Con la excusa de jugar, van rotando los instrumentos: bombo legüero, guitarra acústica, samplers, sintetizadores, bandoneón y teclados. “Tomó un tiempo que cada uno definiera qué le gusta tocar, pero ya todos tenemos nuestro quiosquito y eso hace que las zapadas sean una composición en tiempo real de hasta 5 horas”, indica Jaramillo.
Coplas, primer disco de Los Animales Superforros, apareció el año pasado y se gestó puertas adentro de sus casas, lejos de un estudio convencional. “Empezamos a grabar en la sala donde ensayábamos y el resto lo hicimos en mi living o en la pieza de Ezequiel. Podíamos estar 12 horas haciéndolo, pero no fue un proceso limante. Venían amigos a visitarnos, relajábamos y seguíamos tocando”, recuerda Tortarolo. Meses más tarde apareció Monona en la calesita, un álbum inspirado en el cuento infantil de Ana Raicovsky, para el que produjeron el contenido en la sala y terminaron grabando allí.
El mes próximo comenzarán a darle forma a su nuevo material, que no será precisamente un disco sino varias canciones sueltas. En esta ocasión, el factor casero seguirá siendo clave: “Para la preproducción queremos encerrarnos en una quinta. Para grabar, probablemente también. Me gustaría hacerlo en un estudio, pero no es prioridad”, asegura Tortarolo desde su sillón, cerca de su viola, su sampler, la cocina, el balcón y sus macetas.
LOS JARDINES DE BRUSELAS
Intimo e interactivo
”Encerrarse en la habitación para componer es algo propio de la historia de la música. Lo diferente es seguir en esa intimidad durante el proceso de grabación”, explica Ezequiel de la Parra acerca de Los Jardines de Bruselas, el proyecto de pop espacial que, entre emociones humanas y animales imaginarios, describe un mundo loco y feliz que se le presenta en sueños. Este veintañero porteño tenía mucha música en su cabeza y nadie con quien expresarla, hasta que un verano que quedó solo en casa decidió darles forma a esas canciones, grabando él mismo guitarra, batería, bajo, sintetizadores y voces. Su habitación se transformó en un estudio y la computadora, en su consola de sonido. La obsesión de estar 6 horas armando solo el fragmento de un tema (o 25 días sin salir a la calle) resultó en su propia carrera musical, que ahora comparte con el resto del mundo.
“No lo busqué, no quise encarar un proyecto, pero de alguna manera apareció”, responde sobre Floating in Dreams, su disco debut, lanzado a comienzos de 2011 y reeditado por Mamushka Dogs Records hace un mes (disponible para su descarga gratuita legal). “No sabía nada de grabación. Ahí te das cuenta de que Internet es clave: entrás a YouTube y tenés a 40 tipos solidarios que se filman explicando todo lo que necesitás saber.” Esa facilidad le permitió salir a dar a conocer su trabajo, utilizando medios como Last.fm, la plataforma que permite promover música y recibir respuesta de los oyentes: “Me escucha gente de Bulgaria o Japón que comparte mis gustos, como Animal Collective o The Drums. Eso me encanta”.
El presente lo tiene en una etapa de transformación, trabajando en un segundo disco y armando una banda a la que bautizó Los Amigos del Espacio, que lo ayudarán con sus presentaciones en vivo y a la vez tendrán voz en las nuevas canciones. “En este nuevo álbum quiero salir del hermetismo que significó el primero, pero mantener la intimidad y comodidad de grabar en mi habitación. No me serviría entrar a un estudio convencional, perdería identidad”, asegura. “La idea central del proyecto es hacer música de hoy, que vaya de la mano con el momento que vivimos. Si escucho a alguien de mi generación que intenta sonar como Los Beatles, no lo entiendo, por más que me encanten. La gracia de hacer música es buscar cosas nuevas y yo me animo a sostener que nada de lo que hago suena de antaño.”







































